Llegar a distraerse y pensar en la muerte no es muy difícil. Si nos ponemos a pensar en ello, ¡nadie quiere morir! Ni siquiera los cristianos que se han portado bien y saben que tienen una promesa de vida eterna después de la muerte; todos quieren estar al lado de Dios, pero nadie quiere estarlo tan pronto (idea que robé de Steve Jobs, por cierto). Si hablo de experiencias personales, suelo ver gente morir, incluso de mi edad. Sin ir muy lejos, hace unas semanas mi instructor de gimnasio, un tipo sano de treinta y algo de años, caminaba de madrugada a unas cuadras de mi casa, cuando en la puerta de su casa fue asesinado con un solo disparo en la cabeza. Nunca hubiera esperado dicho final para alguien que solía ver casi constantemente cerca de mi entorno de vida... Es ahí cuando la pregunta, de repente, se clava en mi cabeza como si fuera un cuchillo muy afilado que incluso me desangra poco a poco: si me muero hoy, ¿me iría feliz? La misma pregunta me hizo hace un mes una amiga, aduciendo que yo suelo solo mirar las cosas malas de la vida y quejarme de lo que hay en mi alrededor... La pregunta desde entonces ha rondado mucho más dentro de mi cabeza y, aunque suene paranoico, no puedo negar que la muerte (que, por cierto, tiene un raro rol protagónico en esta historia) es una vil ladrona que no tiene respeto por nada ni nadie.
Recuerdo dos ocasiones también graciosas al respecto: la primera, sucedió en mi infancia y muchos la conocen. No recuerdo exactamente qué hacía, pero un día en la casa de mis abuelos paternos, en una visita familiar, se plantó en mi cabeza por primera vez la idea de que todos nos hacemos viejos y tenemos que morir algún día. Esa noche lloré mucho, estúpidamente, cuando papá se acercó y le dije: "papá, yo no quiero que mueras nunca, pero te vas a morir antes que yo porque eres más viejo", y él, con un tono algo orgulloso y molesto me dijo: "deja de pensar en tonterías, yo no voy a morir, viviré por mucho tiempo". Dos años después, murió de una enfermedad. Y, aunque era un niño y entiendo las razones de por qué me mintió, ciertamente aún le tengo un poco de enojo por tal falsa aseveración, menos aún sin saber que la realidad sería muy diferente.
La segunda anécdota, fue un poco más, digamos, ¿graciosa?, pero, de todos modos, triste. Algunos la conocen, incluso la conté el día de su entierro. En esta ocasión, sucedió con un amigo de colegio de un grado anterior al mío y que toda mi generación recuerda: Bryan Z.J. Recuerdo que aquel año de su muerte, lo encontré en un billar al que accidentalmente fui. Antes de seguir, quiero dejar en claro que, en esa época, los compañeros de colegio solíamos maltratarnos mutuamente y, además, yo era algo molestoso y repelente, no puedo negarlo. Él me vio y dijo: "puta madre, ahí llegó Lucas -así me decían en el colegio-, no jodas y anda para otro lado oye". Y, en esa época, cuando la gente me fallaba o si me trataban algo mal, solía maldecirles de un modo algo terrorífico y psicópata y, de hecho, esa tarde se lo hice a él: "¿Sabes algo?, te jodiste, ¡ahora mismo te maldigo!, y sí, créeme que de este año no pasas, vas a morir en unos meses y en el otro mundo vas a recordar que a mí no me puedes tratar mal". Nunca me había funcionado, pero aquella vez, hubiera parecido que sí. Dos meses después de aquella tarde que nos vimos, él estaba en un evento con la gente de su promoción en el complejo de mi colegio. De repente, jugaron a jalar soga y los equipos hacían fuerzas para ganar. Él, de repente, se desplomó de la nada, ante la mirada atónita de sus compañeros y, aunque lo llevaron al hospital, llegó sin vida: un aneurisma acabó con él. Desde aquella vez, no volví a bromear de esa manera con nadie. Era un buen amigo y, aunque sé que fue una rara coincidencia, no puedo evitar pensar que quizás provoqué la muerte de alguien... Nunca pensé que, con el tiempo, mis palabras pesarían en mi mente.
Y así es la muerte, una vil ladrona, si no te roba la vida, quizás robe la de la gente a tu alrededor. No puedes evitar pasar de ella, siempre estará ahí para hacerte sentir su presencia, esperando el momento adecuado para hacerte una visita o darte un bonito aviso recordatorio. De todos modos, creo que con tanto acercamiento que he tenido con ella, quiero creer que tenemos un ligero pacto en el que por ahora no me llevará, mamá aún me necesita bien. De todos modos, regresa mi terrible pregunta inicial, ¿me iría feliz? Y la respuesta es algo larga, pero simple: por un lado, sí, porque hasta el día de hoy, viví, reí, busqué conocer todo cuanto pude y experimenté casi todos los amores que existen en este mundo, llámese maternal, paternal -aunque por un corto tiempo-, fraternal -con amigos por quienes daría la vida y que sé que darían la vida por mí, o al menos llorarían si me fuera-. Por otro lado, no me quiero ir, porque siempre hay algo nuevo en la vida, lugares y personas que conocer, así como lugares y personas con las que aún quiero frecuentar y, por sobre todo, esa promesa aún no cumplida que tiene la vida conmigo, la persona con la que despertaré cada día en el futuro de mi vida, y los niños que, algún día, me llamarán papá. Tengo muchas promesas que cumplir y otros sueños por realizar. Hoy es cuando tengo más ganas de vivir y disfrutar cada segundo que siga de aquí en adelante.
Por cierto, si alguien me lee y también se pregunta lo mismo que yo hoy, les sugiero este vídeo del que robé algunas ideas para lo que siga, de aquí en adelante, en mi vida:



