Lo básico y punto de partida en todo este asunto es que, ella sabe que la adoro y que confiaría ciegamente en ella. No estamos muy lejos, tampoco muy cerca. Conversamos mucho, compartimos nuestras vidas, es posible que en este tiempo nos hayamos conocido más de lo que debíamos, y eso implica conocer aquellas cosas que pueden convertirse para muchos pares en el detonante para las peleas y malos entendidos; en nuestro caso, ha sido una salsa agridulce que sazona de un modo especial nuestra relación, especialmente sabiendo que ambos tenemos *acosadores personales* que le pondrán emoción a nuestras historias y pondrán a prueba nuestras trastocadas pero limpias e inocentes -¿suena irónico?, no lo fue- conciencias. La parte dura acá es que, en el rol de macho oyente de vello en pecho, estás prohibido muchas veces de mostrar molestia cuando ella te confiesa que alguien la ha hecho sonrojar con alguna sorpresa o, quizás, hay un chico que posiblemente sea físicamente más guapo que tú y que, por cuestiones laborales, lidiará y gileará con ella más de lo que tu podrías por ahora. Lo más triste de la situación es que nosotros, como hombres, quisiéramos que ellas sintieran también algo de celos, aunque sea un poquito, cuando les contamos con mucha gracia que nuestra mente fue profanada por una vecina cercana. En mi caso, esto no sucede, lo que la convierte en un ser invulnerable a mis *encaletadas* pero tiernas venganzas.
Regresando al tema de fondo sobre los efectos de ella sobre mí... A pesar de todo, sigo pensando que no son celos, reitero que sé que ella no hará nada malo, pero no confío en los entes a su alrededor, "quizás si caperucita fuera de metal el lobo se rompería la quijada", pero eso no pasa en la vida real. Esto me convertiría -y esta es la idea robada de la noche- en un protector antes que un celoso y, ¿por qué negarlo?, me enorgullezco de ello. Al menos tengo una sonrisa para cada vez que mi ceño peligre y quiera fruncirse. Es mi modo de cuidarla, sin asfixiarla ni privarla (y aunque quisiera, sé que no podría ni querría privarle de nada) y me siento bien así.
Lo irónico es que no somos nada más que amigos aún y eso aumenta mi necesidad de quererla, cuidarla y protegerla, de conocer su vida y sonreír hasta de lo que me incomoda, porque sé que viviendo es que uno crece como persona y revaloriza la aventura del día a día. Al menos ella sabe que, si necesita alguien para moler a golpes a algún atrevido, estaré siempre que me necesite. ¿Tierno? Por supuesto, no lo dudes cariño. =)

No hay comentarios :
Publicar un comentario