Al estilo de las fábulas de Esopo, vamos a jugar hoy con las rimas para plantear esta noche el escopo, una poco elaborada alegoría que, aunque parezca ficticia, lamentablemente es verdadera.
Los rumores dicen que fue casi como una guerra porque hubieron armas demasiado desarrolladas, armas que no se crean ni se compran, sino que con el tiempo son entrenadas. Fue una lucha mental, una embestida de indirectas, de frases a medias, de ideas, todas llenas de tretas. Fue algo demasiado inesperado, porque el ambiente previo era de amor y de razón, era casi perfecto, era de mutua colaboración, pero cuando el amor toma de rehén a la cordura, es inevitable que dos grandes amigos pierdan la compostura.
La batalla duró varias horas, nadie daba su brazo a torcer. Él quería descubrir lo que ella guardaba en su interior, y aunque ella lo había llegado a querer -de aquel modo que muy pocos llegan a entender-, no quería seguir adelante. Ella, que en el fondo sentía temor, tan solo repetía: "no sigas, por favor, no me hagas retroceder".
Al caer la noche, y ya herido de gravedad, él cayó en su resolución final: "esta guerra no da para más, de este tonto corazón tan solo quedan pocas gotas, si tengo un ápice de esperanzas de ganar, debo aceptar mi derrota". Él fue rápido, no le dejó ni un segundo para reaccionar: "¡Basta de ocultar!, tú me importas mucho, no puedo dejarte de pensar, no digas que soy solo yo, que nunca me llegaste a amar. ¿Hasta dónde piensas llegar? ¿Cuánto más nos piensas lastimar?", sacrificando así su orgullo, esperando oir de ella su voluntad.
Él esperaba de ella una sonrisa, esperaba un destello de piedad, pero nunca ocurrió eso, en su reemplazo una lagrima cayó de sus ojos a causa de la gravedad. "¿Por qué eres tan idiota? Mi autodefensa te va a fagocitar. Esa autodefensa que evita la congoja, esa autodefensa que me impide llegarte a amar. ¡Date cuenta por favor! No quiero llegarte a lastimar, no me pidas arriesgar, yo no quiero entrar en una apuesta que arruinaría nuestra amistad". Así acabó la batalla, alejándose ellos de repente, hacia distintos destinos, se distanciaban mutua y lentamente, mientras que en ese campo tan perpetuo yacían dos corazones inertes. Pasó mucho tiempo y de ella no he oído nada, pero se dice que él, aquella noche, perdió algo más que su corazón y su amada; perdió la sonrisa, agachó la mirada, enterró sus sentimientos, cayó con la puñalada. Tonto fue él por querer entregarlo todo, tonta fue ella por temer al mañana.
Así es cuando se arriesga, amigo mío, así es cuando juegas al todo o nada, acá no gana quien mata a su enemigo, gana quien sabe cuándo despojarse de su arma. Y es que, no se trata de jugar a la suerte, es mucho más que oír una corazonada, se trata de un principio muy sencillo: solo el dolor te hará fuerte... ¿Te arriesgarás a la estocada?

No hay comentarios :
Publicar un comentario