Al regresar de aquella despedida, de esa tarde soleada y ese campo verde en donde dejamos su cuerpo, parecía que la vida tímidamente buscaba recuperar su ritmo. De cierto modo, incluso, empezamos a bromear entre todos, a contar chistes mediáticos ya que hace mucho no estábamos casi toda la familia reunida, pero aún así, se sentía como si la alegría estuviera siendo avergonzada por un obvio dolor que podía ser claramente olfateado en el ambiente.Antes de despedirnos todos, un tío de la familia nos reunió a los primos y planeamos el organizar y costear una reunión mensual desde ese momento para recordarla y hacer misa en su nombre. De la idea, me agradaba la primera parte, pero me incomodaba el punto de la misa, pero, ya no importaba, al final todo era una simple excusa para juntarnos todos y a futuro no arrepentirnos de no haber podido despedirnos apropiadamente de alguien.
Ya en casa, debía jugar con mis pasajes para solicitar a algunos profes algunas recuperaciones, las cuales se me fueron concedidas. Además, desde ese día, pareciera que he tenido una rara suerte: justo cuando andaba más pobre, me mandan algo de dinero de devolución de mi estadía en Estados Unidos, y a los pocos días me informan que a fin de año me van a devolver otra suma muchísimo más considerable de la primera, con lo que parece que alcanzaría para costear mi tesis (que hasta ese momento era mi dolor de cabeza). Además mi jefe de mi -momentámente- ex trabajo en el que era practicante me llama para reiterarme que quiere contar con mis servicios con paga como profesional, sin siquiera acabar aún mi carrera, y, por último, parece que la última revisión de mi trabajo de la futura tesis y actual proyecto integrador le gustó a mi profesor y me sugirió participar en un concurso internacional de emprendimiento profesional, además de casi asegurarme una buena nota en mi segunda revisión y tener así prácticamente asegurado el fin de mi vida universitaria. Si fuera el tipo de persona que creyera en la vida después de la muerte y la magia de los milagros, creería que hay algún cielo en que papá y ella están confabulando a mi favor. De todos modos, me gusta pensar graciosamente en ello.
El último capítulo de esta etapa de mi vida viene con mis tíos en Trujillo, organizando los últimos papeles de la primilla y recogiendo sus cosas de la pensión donde vivía. Parece que todo está mejor, aunque al abrir la puerta de su casa, se siente una rara tristeza en ese cuarto donde parece que en algún momento ella llegará a sentarse y leer uno de sus libros de Medicina. Al final aquel día donde fui llevado como un paquete más en la parte trasera de un camión junto con los objetos de la pensión, y en donde -por cierto- casi me da un ataque de claustrofobia (y eso que no soy claustrofóbico), regresábamos a casa y veíamos TV, cuando de repente llega una noticia que, con todo el alboroto de aquel día, me había olvidado: la mujer de mi tío de 29 años, aquel con quien también crecí en la casa y con quien también jugaba a veces de niño (a falta de hermanos), había por fin dado a luz. Curiosamente, la reacción fue parecida a la de hace -un poco más de- una semana, solo que esta vez en vez de sollozos, se oían gritos de emoción de mis tías y mi mamá, así como que mi tío subía, al Facebook, desde el hospital una foto de su hija.
Luego de la noticia, mis tíos (padres de la primilla) ya estaban listos para irse a Lima, mientras que mamá y yo los llevaríamos y dejaríamos en el terminal, para luego salir rápidamente al hospital. Al llegar al lugar del parto, veíamos a quien, quizás en ese momento, era el hombre más feliz del mundo. Por otro lado, veía un ser pequeño, envuelta en frazaditas de color rosa y que, a pesar de los sollozos de su vecina de al lado, no dejaba de dormir. Incluso a modo de broma le dije a mamá "oye, esa bebe ha heredado tu sueño de piedra, parece que no habrán llantos que nos despierten en casa". De repente, la pequeña abrió por unos segundos los ojos, suficiente tiempo para sacar el celular y grabarla: todo ese momento era raro, incluso juraría que si no tuviera control sobre mis sentimientos hubiera llorado, pero esta vez de emoción, pero nahhh, aquello sí era controlable. De todos modos, aquel momento era un espectáculo único, lo que mundanamente solemos llamar "un milagro de Dios". Al salir del hospital, mamá me decía "estos días la he pasado triste con lo que pasó, pero siento que esta niña ha dado alegría a la casa, esto será lo que nos ayude a salir adelante"; puede que sea cierto lo que ella dice, hasta diría que algo en mi interior así lo cree también.
Así acabaron posiblemente las 2 semanas más accidentadas del año (y posiblemente las más accidentadas desde hace muchos años), con un contraste gigantesco entre su principio y su final. Dicen que las cosas malas suceden por algo, dicen que las cosas buenas son "el regalo de Dios para un corazón que busca consuelo", cuando estas suceden justo después de algo malo. Yo, por mi parte, sigo creyendo que somos artífices de nuestra suerte, pero aún así, siempre hay cosas -buenas o malas- que se nos escaparán, aquellas cosas tan ilógicas que solo queda adjudicarlas a un ser superior, y mientras estas sigan sucediendo y sorprendiéndonos, la vida será hermosa, con sus altos y bajos, a pesar de todo, y por siempre...
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