miércoles, 6 de noviembre de 2013

Gris (P.E. 2)

Los días previos avanzaron rápidamente entre tantas emergencias y problemas. Lo único que por mi mente pasaba era nuestra última conversación que tuvimos...

-Papá, ¿donde está papá?
-Oye, reacciona, ¡mírame! Si no respondes, no estás colaborando. El tío está en la sala, necesita un poco de aire. -Señalando hacia la sala-
-¿Papá mal?
-No, solo necesitaba aire. Ya viene. Sólo tranquilízate, todo va a salir bien.

Nada salió bien. Aquella noche del lunes, después de mucho, teníamos las esperanzas de que todo mejoraría, e incluso ella salió de cuidados intensivos horas antes. Cenamos con felicidad en la familia, incluso estábamos gastando bromas acerca de lo mala que fue la semana pasada. De pronto, en la noche, una llamada hace que mamá salga: era mi tío -el papá de ella- diciendo que había una emergencia y no había nadie que le ayude en ese momento. Sentí un raro viento frío recorriendo mi cuerpo. Unas horas después escucho a mi tía Pilar rompiendo en llanto abajo, entonces recordé hace 17 años cuando, fingiendo estar dormido, también mi abuela rompió en llanto en la casa del mismo tío que ahora estaba viendo a su hija en emergencias: era una escena demasiado parecida. Suena el teléfono, mamá me susurra "sé fuerte, ella ya está descansando...". Sentí que el peso de mis "todo va a salir bien" se hacía demasiado grande, pero, a pesar de eso, no lloré, solo sentí que el suelo se había remecido demasiado fuerte, como un terremoto mental, mientras, por defecto, solo repetía "no, no, no".

Al poco tiempo, estaba vistiéndome decidido a salir, aunque ni siquiera recuerdo haber pensado si me necesitaban allá. Llamé a mamá preguntando si podía hacerlo y dijo que sí. Al pasar la reja de emergencia recuerdo haber corrido como si hubiera una oportunidad de cambiar el destino, quizás simplemente esperaba que la información que se me dio por celular era errónea. Llegué al mortuorio, no había nadie de la familia. Entré y vi un cuerpo envuelto en una de mis colchas favoritas que presté ese sábado en el que salió de emergencia de casa. Al salir de aquel cuarto, es donde veo recién llegando a mi familia: todos eran un mar de lágrimas alrededor. Hubiera querido camuflarme en ese sollozo, pero algo en mí, por un lado, hacía que abrace a mis tíos. Mientras pasaban los minutos, el lugar se llenaba de chicos con bata blanca, sus compañeros de carrera, mientras me preguntaba si es que cuando me muera también vendría tanta gente por mí.

Después de firmar los papeles del acta de defunción (ya que nadie más tenía documentos en ese momento), me iba a casa a preparar todo para el primer velorio en Trujillo, antes de partir a mediodía a Lima donde sería el último velorio y entierro. Después de tranquilizar a la abuela, dar agua a la familia y ayudar a mover las cosas al saber que el ataúd estaba cerca, me senté sobre una parte de la acera, afuera de casa. Por unos segundos todo volvió a la tranquilidad.

-Oye, ¿qué es Bertha? -hace 15 años, mientras veía los programas infantiles del canal 7-
-Ehh, no te importa -odiaba ese programa y hasta me avergonzaba un poco, pero tenía que verlo porque daba antes de los Osos Berenstain, tan sencillo era decirle que era una máquina robot mujer que fabricaba cosas raras-.
-Malo
-Ehhhh

Se acercaba uno de mis tíos a verme, pero no quería que me vea frágil. "Por favor, anda a ver a mi tío y a la Luz, no vaya a ser que se pongan mal cuando llegue el carro" le decía a lo lejos con la voz algo partida mientras me preguntaba si ya estaba por llegar la gente del servicio de sepelio. Quizás en esos minutos él tenía razón cuando decía que no era necesario guardar la tristeza, que de todos modos hay que dejarla salir en algún momento.

Luego que ella y su ataúd llegaron, las siguientes horas se pasaron entre sollozos de mi familia y rezos de los más fanáticos religiosos. En la tarde del día siguiente, estábamos con mamá y una de mis tías en el bus, camino a Lima. En el viaje recordaba el entierro de papá hace años, la mañana en la él estaba siendo enterrado, mientras yo en la casa de los abuelos me quedaba con los primos, jugando con los restos de las plantas de las coronas y algunas piezas de tecnopor. Ahí estaba ella también, con una casaca y falda jean, y lo recuerdo bien porque por aquella época odiaba todo lo que sea jean. Ahí estábamos todos los primos arrancando flores y tirándolas entre nosotros... Al día siguiente yo estaba arrancando pétalos y metiéndolas en bolsas para arrojarlas cuando el ataúd sea cargado. Se decidió que los primos carguemos el ataúd al inicio, y así se hizo. Ahí estábamos, cargándola, mientras los pétalos caían por mis hombros. Otra vez todo estaba en cámara lenta, todo era silencio.

Después de unas horas, ya estábamos en el "campo santo", el ataúd a punto de ser bajado al hoyo donde quedaría para siempre, mientras el cura hablaba sobre la muerte y la vida eterna. Yo, por lo bajo, decía "tengo que hacer un texto para que lo lean el día de mi muerte, eso quedará como un pendiente. No quiero que nadie diga nada parecido a esto ese día". Recuerdo haber estado tranquilo, yo y también casi todos alrededor, hasta ese momento, ese preciso momento, en que el ataúd empieza a ser bajado lentamente, y es cuando todos se parten, cuando todos se dan cuenta que lo que sucede es verdad. Ese preciso momento, donde la tierra es levantada por las palanas y empieza a extinguir tu vista de aquella persona, es cuando los recuerdos te ahogan...

-Y, como te dije, eso debes de hacer. ¡Ya de una vez deja de ser tan sonsa primilla!
-Ay, está bien. Igual nadie más sabe de esto.
-Eh, ¿en serio? Eso se siente raro...
-Pero es verdad.
-Okeeey. Oye, hace tiempo que no tomo nada. ¿Sale algo uno de estos días?
-Siiii, hace tiempo no salgo.
-Dale, quedamos así. Ya debo dormir, cuídate, y gracias por la conversa de esta noche. Te quiero eh, aunque no lo diga usualmente. No lo olvides.

Por un momento dejo mi cuerpo caer en el grass. Ahí estaba, sentado, asimilando el momento. Veo a mi primo llorando, me levanto y lo abrazo. Ahora que me doy cuenta, quizás mi corazón sea de piedra, pero tiene suficientes grietas como para dejar correr la sangre, fluir sentimientos y quizás algunas lágrimas. Mi tío tiene razón, no es bueno dejar los sentimientos fuertes adentro, porque son como pirañas que te mordisquean el alma. Aún así, mientras pueda disimular el dolor y ser apoyo para la gente alrededor, creo que me sentiré mucho mejor conmigo mismo.

La noche empieza a caer. Es mejor regresar y asumir que la vida sigue, aunque el número de personajes haya reducido en 1, aunque ese 1 haya sido uno de los personajes principales, de aquellos que no consideras que se despedirá hasta el final de la historia, pero la vida es así, la muerte es así... O, al menos creo que es así, lamentablemente.

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